La ermita

ermita_dolores_cerro1Allí estaba,

deteriorándose por los años,

inmóvil y fría,

sucumbiendo al paso del tiempo

como todo… Recordé

que un día la creí eterna.

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Tras el cristal

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Miras indiferente
las calles llenas de polvo,
escuchando el ruido del aire
que se filtra por la chimenea.
La luz del fuego
te invade los sentidos,
mientras te meces.
No importa…

Los recuerdos
se escaparon un día.
Las palabras
murieron.
No importa…

Tras el cristal la vida es de otros.

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Tiempo

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RAÚL VELASCO SÁNCHEZ, Momentos

Raúl Velasco Sánchez nació el 10 de Septiembre de 1978 en Rubí (Barcelona). Su salud era muy mala, tanto que sus padres temieron por su vida y a los tres años de edad tomaron la decisión de enviarlo con sus abuelos paternos, para que pudiera curarse, a Valenzuela un pueblo en la provincia de Córdoba. Allí, entre olivos y un clima rozando lo desértico se recuperó, mientras un tío de su padre (poeta aficionado) le inculcó los primeros valores literarios. Años más tarde volvió a su ciudad natal, lleno de buena salud e ilusiones nuevas.

Mientras crecía devoraba fascinado casi todos los libros, cómics y películas que caían entre sus manos y soñaba que algún día pudiera generar en alguien las mismas inquietudes que conseguían mantenerle atrapado a la historia. Aquellas historias de supervivientes en islas desiertas, de héroes que se enfrentaban a la muerte por conseguir un beso de su amada, de personas que se transformaban en insecto de la noche a la mañana, por poner sólo unos pocos ejemplos, eran la compañía más fiel y el consejero más preciso para un chico solitario como él, con la cabeza llena de sueños y preguntas sobre lo que le rodeaba. Para él, desear ser escritor era la forma más natural de devolverle a los libros una pequeña parte de aquello que le habían regalado desde bien pequeño.

Estudió Humanidades y Periodismo en la Universidad de Navarra y en la Universidad Internacional de Cataluña. Ingresó en el Opus Dei aunque finalmente abandonó la Obra incapaz de integrar las múltiples paradojas de la fe católica. Seguidamente se trasladó a la Universidad Autónoma de Barcelona y se dedicó a una vida más bohemia. Ganó diversos concursos y flirteó con el mundo del cine y la publicidad. La locura le apartó de un golpe de su camino y durante 4 años vagó por el mundo como un alma en pena, incapaz de hilar dos palabras ni dos pensamientos literarios seguidos a causa de los efectos secundarios de los psicofármacos.

En el 2006 ingresa en el equipo de Radio Nikosia donde recupera su identidad como periodista, reforzada por el activismo en defensa de los derechos de las personas supervivientes a la psiquiatría. Consiguió la colaboración directa o indirecta de distintas personalidades como Andreu Buenafuente, Pedro Almodóvar, Andrés Trapiello, Ismael Serrano, Ana María Matute, Alejandro Jodorowsky, etc.

En el 2009 junto a un compañero “nikosiano” recupera la ilusión por escribir gracias al proyecto “Encuentros”. De ese libro no editado, se extrajeron 4 relatos y junto a otros Grupo Gp publicó, dos años después, su primer libro “Levántese quien pueda y otros relatos”. En el 2012 Grupo Gp publica también su segundo libro de historias breves “Anatomía de un espejo roto”. Al año siguiente Miret Editorial saca a la venta su primera novela “El escritofrénico. Un tratado sobre la curación de la psicosis” en la que se relata el proceso de curación de un trastorno de tipo esquizoide, basándose libremente en su experiencia personal.

En el 2014 Emboscall edita su primer poemario “La mecánica de la aurora”.«Siempre me consideré poeta, más allá de cualquier otra categoría. La poesía es para mí la oportunidad única que te brinda el lenguaje para mostrarte a ti mismo y a los demás aquellas pequeñas o grandes verdades que de otro modo hubieran quedado relegadas al campo de lo inefable.»

En el presente año ha escrito una segunda novela titulada “Camino a Nunca Jamás” junto al también rubinense Jorge Portela y su segundo poemario “Grietas de silencio” que saldrán a la luz a lo largo del 2016.

A día de hoy, compagina su trabajo de periodista en Radio Rubí y tertuliano en otros medios, con el de Blogger, escritor y conferenciante especializado en salud mental. Ha sido reconocido como miembro de la Escuela de Salud Mental de la Asociación Española de Neuropsiquiatría y ha publicado sendos trabajos científicos a caballo entre la antropología, la literatura y el psicoanálisis en varias revistas científicas de impacto nacional.

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Momentos

Hay momentos que te asaltan
como un timbrazo a media noche
o un fuerte estallido durante la verbena de San Juan.
Momentos en los que el estupor, deja sitio a la sorpresa
ésta hace hueco a la perplejidad, para que después inevitablemente
se instale el alivio o el miedo, en forma de incertidumbre magmática,
como reflejo fiel de nuestra tremenda fragilidad.

Hay momentos en los que el vacío viste de oscuro la mirada
y pareciera que no existe asidero ni balsa a la que aferrarse en
la desolada deriva por las ruinas de nuestra soledad.
Y uno se mira en el espejo y no se ve, y si se ve no se reconoce, y si se reconoce
llora como un niño perdido en medio de la multitud, reclamando una compasión
suplicando una clemencia, que los adultos no tenemos ni con nosotros mismos.

Hay momentos en cambio que la rueda de la vida
-o ese destino en el que me niego a creer-
nos reserva otras sorpresas mucho mas agradables. Y tras la cortina de
humo de un dialogo improvisado una mirada nos atraviesa
y se fija en la boca del estomago haciéndonos cosquillas con cada parpadeo.
Momentos en los que el deseo aviva un fuego que se creía extinguido
y hacia él arrojamos el miedo, la duda, la inseguridad neurótica, el desaliento
para ver si así dejan de joder de una vez. Tras ellas van las ilusiones
las fantasías y los sueños, para que con estos ingredientes juntos -y a fuego lento-
se vaya cocinando la esperanza.
Son situaciones, en definitiva, en las que todos los seres con corazón
nos reducimos a la cárcel de un animal sediento de palabras y anatomía,
porque más allá de un fin en si mismo, lo mejor del amor, como en el caso del arte,
es que es un camino que solo existe mientras lo vas caminando.

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Haikus de Verano

noche26

Y de pronto

todo se oscureció,

llegó la noche.

Playa-de-caracolas

El sol calienta

las caracolas muertas

sobre la arena.

grillo

Dulce melodía

el sonido del grillo

en el silencio.

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Capítulo 1

Hoy voy a exponer el primer capítulo de mi novela. Está en proceso de creación y posiblemente  modifique algo o todo, no sé. Me encantaría que comentes lo que no te ha gustado y lo que sí. Tu impresión personal. Es poco convencional, pero tengo curiosidad por saber las emociones que pueda generar. Critica constructiva, para crecer y mejorar.

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Capítulo 1

El primer día

Tomó la taza en sus manos, recostándose en el respaldo y mirando a los tejados. Hacía sol. Sin duda era su lugar favorito de la casa. Una terraza que daba a los patios interiores, no muy grande, con dos sillas de plástico y una mesa redonda a juego. Dos estanterías llenas de plantas, la mayoría silvestres, hacían de ella un espacio alegre y sosegado; casi todo el tiempo la luz y el calor estaban presentes, incluso en invierno. Era reconfortante tener un rincón de paz y armonía donde disfrutar de ese café tan intenso y amargo.

Esa mañana despertó antes que de costumbre. Quizás porque no tenía el deber de madrugar para ir al trabajo o porque no quería acostumbrarse, tan pronto, a no tener que hacerlo. Era la primera vez en 10 años que estaba desempleada, pero ese elixir caliente la sostuvo unos instantes fuera de sus pensamientos.

Alma, se levantó de la silla dejando los restos del café en la mesa, se recogió el cabello moreno y rizado en un moño con la goma de su muñeca; suspiró, y se dispuso a pensar qué haría con su vida. Por el momento fregar esa taza y vestirse.

Vivía en un apartamento de dos habitaciones de los años setenta, en el centro, sin reformar, pero bien conservado; lo decoró con una mezcla de estilos retro, vinta-ge e hippy, la verdad que no le costó mucho elegirlos porque el lugar lo reclamaba. Le encantaba poner velas aromáticas y ambientadores con olor a fruta o flores, pero no el incienso. Medía un metro sesenta y cinco, delgada en extremo, con curvas femeninas bien definidas, ojos verdes como su madre y unas pecas en una nariz casi inexistente.

Se puso un vaquero, una blusa blanca y unas manoletinas negras. Soltó su pelo y lo humedeció para dar forma a sus ondulaciones, ya estaba lista para ir a hablar con sus padres. Ellos aún no sabían que le habían despedido y estaba muy angustiada por tener que contarles el asunto; aunque pensándolo bien, el despido le dejó una buena suma por el finiquito y dos años de paro con una cantidad sustanciosa. Tenía tiempo de encontrar otro empleo y mientras tanto vivir más o menos como hasta ahora. Pero su autoestima estaba quebrada. La verdad es que adoraba su trabajo en la universidad, pero a causa de los recortes… Bueno, con su licenciatura de historia del arte y su experiencia, algo encontraría.

Salió de casa, fue al garaje y se montó en su coche. Puso la radio, un poco de música la animaría. Arrancó y se dirigió a casa de mamá y papá que vivían en las afueras.

—Alma cariño, ¿qué haces aquí tan temprano? —preguntó su padre al abrir la puerta—¿No deberías estar en la universidad? ¿Ocurre algo?

—Pues…, vengo a contaros que me han despedido —dijo ella con un tono triste, y esperando su reacción, le miró.

—¡¿Te han despedido?! ¿Qué has hecho? —Gabriel era de la vieja escuela; carnicero jubilado, alto y corpulento, con mirada tierna y manos curtidas, no podía imaginar un despido sin una causa.

—Papá, no he hecho nada. A causa de los recortes, mi departamento ha sido cerrado. Y nos han despedido a los diez.

—Pero si hacías bien tu trabajo, ¿no te podían meter en otro? —insistía en lo mismo con otra pregunta acusadora.

—Claro que hacía bien mi trabajo, papá, es más, soy una de las mejores en este campo. Pero las cosas son así, y yo no tengo culpa. Además, tengo dos años de paro, casi con el mismo sueldo, tengo tiempo de encontrar empleo.

—Sí, pero como están las cosas… No sé si encontrarás…

—Bueno. ¿Puedo entrar y saludar a mamá o seguimos hablando en la puerta? —estaba muy molesta por la falta de comprensión y de apoyo.

Su padre se sobresaltó, le dio dos besos y le pidió disculpas por no haberle dejado siquiera pasar. Se excusó diciendo que no se lo esperaba. Entraron hasta la cocina donde estaba su madre, un ama de casa bajita, con unos kilos de más, de piel morena y pelo rubio. El ambiente estaba impregnado de olor a comida sureña.

—Mamá, ¿qué estás cocinando que huele tan bien? —dijo con una sonrisa acercándose a darle un beso.

—Hija, ¡qué alegría que hayas venido! ¿Pero no es muy temprano? —la besó con esos besos que dan las madres tan apretados.

—Me han despedido —y le contó lo sucedido.

—Pues tú no te preocupes, Alma. Ya verás como todo irá bien —Rosa era una mujer muy positiva y amorosa con los suyos, no podía ver triste a su niña.

—Claro mamá, eso mismo pienso yo —dijo mientras acariciaba a Serafín, el gato de la familia. Un persa de 12 años, gris y muy cariñoso.

Después de disfrutar de la comida y la sobremesa, con esas discusiones de sus padres tan divertidas, medio en broma y medio en serio, que tanto le hacían reír, miró la hora en su teléfono y vio un mensaje.

—Me tengo que ir, que he quedado. —Se levantó y les dio unos besos. La acompañaron a la puerta y desde ella mientras se dirigía al coche…

—Ven pronto cariño, que ahora estás más libre —dijo Rosa.

—La semana que viene, si quieres, podemos ir al cine —comentó Gabriel con ganas de pasar más tiempo con su hija.

—Te llamo y quedamos, ¿vale, papá? —él asintió con la cabeza, ella subió al coche y se marchó saludando.

“Bueno, pues ha ido bien.” Pensaba mientras conducía hacia casa, no se dio cuenta de que se saltaba un semáforo en rojo. En ese momento una furgoneta que circulaba perpendicular a su dirección, frenó bruscamente al ver que se cruzaba en su camino. Pero ya era tarde. Alma, no entendió lo que estaba pasando. La furgoneta se empotró en el lado del conductor. Saltaron los airbags de ambos vehículos. Los cristales de las ventanillas se hicieron añicos, clavándose algunos trozos en sus ojos y en su rostro. Ella pudo escuchar como se le rompían los huesos de la pierna, que desgarraron el muslo al salirse de su sitio. Se quedó sin respiración, a causa del cinturón de seguridad, que hizo bien su trabajo. El hombro izquierdo, se dislocó por el impacto. El coche era un amasijo de hierro y sangre. El conductor de la furgoneta estaba aturdido, al dar el golpe frontal el airbag le protegió y no sufrió grandes daños. Sin embargo, Alma, quedó inconsciente en su asiento.

La gente se acercó a ver que pasaba, algunos llamaron a las autoridades pertinentes. Cuando llegó la policía, dirigieron el tráfico hacía otras calles. Poco después llegaron dos ambulancias que se llevaron a ambos conductores.

Alma empezó a volver en sí, aturdida oía la sirena. Intentaba incorporarse pero no podía, todo su cuerpo era dolor y estaba inmovilizada. Miró a su alrededor, queriendo descifrar que pasaba, pero no halló consuelo. Perdió otra vez el conocimiento mientras llegaban al hospital.

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Lágrimas de cerezo

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Amanece el terror,
otro día.
Nos abrazamos,
mientras
se derrumban la libertad y la calma,
tras el paso de las bombas
arrasando las calles.
La sangre corre por las aceras,
al igual que las lágrimas
en nuestros rostros,
sin esperanza.

Ya no recuerdo:
el olor del pan recién  hecho
al entrar en el obrador,
de los geranios
que cultivamos juntos.
No me acuerdo
del aroma de tu pelo limpio,
ni del perfume
que te regalo cada cumpleaños;
lo sustituyó el hedor a pólvora
y carne muerta.

El cielo tras la ventana
no tiene ese azul de antaño,
los cerezos de la calle mayor
no florecerán esta primavera.

He perdido
la noción del tiempo,
la alegría
y tantas cosas…
Como el día  de la madre
que nunca más podré celebrar
o el bautizo de ese nieto
que nunca tendremos.

¿Qué nos queda?
¿Dolor?, ¿miedo?, preguntas eternas
y la sombra del cuervo
acechando cada mañana.

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Descubriendo(te)

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No sabía,
que en lo más profundo
cuando no hay salida,
tú estás siempre,
como una escalera firme
que te sube a la cumbre.

No sabía,
que en la tristeza,
cuando el llanto impide respirar,
fuera tan fácil reír,
porque tú estás siempre,
para hacer de ella una comedia.

No sabía,
que se pudiera querer
cuando se tiene tanto miedo,
pero tú estás siempre,
llenándome de besos
hasta que olvido,
y recuerdo que ahora lo sé.

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Perdidos

wpid-20150926_110312.pngSin saberlo, estábamos perdidos.

Nos encontramos, en un puente

a medio camino de ninguna parte,

y supimos que

nos perderíamos aún más.

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ANTONIO GALA VELASCO, Enemigo íntimo

Antonio Gala Velasco nació el 2 en octubre de 1936 en Brazatortas (Ciudad Real). Aunque manchego por nacimiento, Gala afirma haberse considerado siempre cordobés por haber transcurrido allí los primeros años de su vida.

El mundo literario lo atrapó desde muy pequeño y, a los cinco años, ya había debutado en la escritura a través de un relato corto al que se sumó, dos años después, una obra teatral. Estudió desde la temprana edad de 15 años la carrera de Derecho en la Universidad de Sevilla y, como alumno libre, las de Filosofía y Letras y Ciencias Políticas y Económicas en la Universidad de Madrid, obteniendo licenciaturas en todas ellas. Por ese entonces, el joven universitario publicó sus poemas en diversos medios como “Escorial”, “Platero” y “Cántico” y fundó dos revistas.

Al acabar sus estudios universitarios, inició la preparación de oposiciones al Cuerpo de Abogados del Estado, abandonándolo en un gesto que él recuerda como de rebeldía ante las presiones de su padre, para ingresar después en los Cartujos. Pero la rígida disciplina monástica no estaba hecha para él, y, como cuenta en su autobiografía, Ahora hablaré de mí (2000), fue expulsado de la orden.

Se traslada a Portugal y comenzó a vivir de forma bohemia. Allí se dedicó a enseñar filosofía e historia del arte y recibió, por su obra “Enemigo íntimo”, un accésit del Premio Adonáis de Poesía que marcó el inicio de lo que, con los años, se transformaría en una exitosa y premiada carrera ligada al teatro y al periodismo.

En 1962, el escritor abandona Portugal y se instala por un año en Florencia, Italia, época en la cual publicó poemas de “La deshora” en los “Cuadernos hispanoamericanos”. Con el paso del tiempo, este autor que comenzó a mostrarse con sus clásicos bastones tras superar una grave enfermedad que casi resulta mortal, logró convertirse en una figura popular dentro de la literatura española.

En este sentido, cabe destacar que gran parte de los artículos que Gala publicó en el suplemento dominical de “El País”, fueron recopilados en libros debido a la trascendencia que habian adquirido.

Convertido ya en un personaje altamente popular de la literatura española, comenzó a escribir novelas en los años noventa, iniciándose con El manuscrito carmesí, que fue presentada, y ganó, el muy comercial Premio Planeta

“Más allá del jardín”, “La regla de tres”, “Las afueras de Dios”, “El dueño de la herida” y “El pedestal de las estatuas” son algunas de las numerosas obras escritas por Antonio Gala, un premiado y reconocido español que, más allá de crear textos literarios, presidió la Asociación de Amistad Hispano-Árabe y creó la Fundación Antonio Gala para Creadores Jóvenes que lleva su nombre y se dedica a promover y contribuir con la labor de jóvenes artistas, entre otras actividades. Granada de los Nazaríes o Andaluz, ambos de 1994 y la publicación de recopilaciones como Córdoba de Gala (1993) son fruto de su interés por la cultura andalusí, de la que se siente partícipe.

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ENEMIGO ÍNTIMO

Hay tardes en que todo
huele a enebro quemado
y a tierra prometida.
Tardes en que está cerca el mar y se oye
la voz que dice: “Ven”.
Pero algo nos retiene todavía
junto a los otros: el amor, el verbo
transitivo, con su pequeña garra
de lobezno o su esperanza apenas.
No ha llegado el momento. La partida
no puede improvisarse, porque sólo
al final de una savia prolongada,
de una pausada sangre,
brota la espiga desde
la simiente enterrada.

En esas largas
tardes en que se toca casi el mar
y su música, un poco
más y nos bastaría
cerrar los ojos para morir. Viene
de abajo la llamada, del lugar
donde se desmorona la apariencia
del fruto y sólo queda su dulzor.
Pero hemos de aguardar
un tiempo aún: más labios, más caricias,
el amor otra vez, la misma, porque
la vida y el amor transcurren juntos
o son quizá una sola
enfermedad mortal.

Hay tardes de domingo en que se sabe
que algo está consumándose entre el cálido
alborozo del mundo,
y en las que recostar sobre la hierba
la cabeza no es más que un tibio ensayo
de la muerte. Y está
bien todo entonces, y se ordena todo,
y una firme alegría nos inunda
de abril seguro. Vuelven
las estrellas el rostro hacia nosotros
para la despedida.
Dispone un hueco exacto
la tierra. Se percibe
el pulso azul del mar. “Esto era aquello”.
Con esmero el olvido ha principiado
su menuda tarea…

Y de repente
busca una boca nuestra boca, y unas
manos oprimen nuestras manos y hay
una amorosa voz
que nos dice: “Despierta.
Estoy yo aquí. Levántate”. Y vivimos.

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